miércoles, 3 de septiembre de 2014

La palabra y la fantasía por Lucía Amelia Cabral

  
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Tempranito cada mañana, el sol luminoso toca a mi puerta. Entra y conmigo se mete en la cama.  -Contemos hasta 10, me dice y, antes de concluir, ya se ha ido él.
           A atender su trabajo, raudo el sol se va. Su partida desconcierta mi pereza y en un instante me alzo sin rechistar. Así sucede cada nueva alborada.  La encendida visita del sol me provoca levantarme presto como él.  Es la suya una invitación fascinante.  De este a oeste me permite descubrir tantos motivos para sentirme feliz, como sucede este domingo encargado de despedir el mes de agosto y de reunirnos a propósito de la literatura para niños y jóvenes. 
          Saludo agradecida la iniciativa que dos bastiones de la cultura en nuestro país, Verónica Sencion e Ylonka Nacidit-Perdomo, me han deparado.  Saludo agradecida a los miembros de la mesa que presiden la apertura de este acto de palabras, fantasía y amistad.  Saludo con emoción a los niños que leerán en esta jornada, a ellos y también a los demás niños que tal vez precisamente hoy conocerán algún amiguito nuevo entre personajes y afanes que viven  comodísimos en las páginas de los libros.  Saludo al amable público que testimonia que el recinto, el espacio y su volumen, lo hace uno.  El centro comercial es una convocatoria interesante y particular, en su estructura gigante de elevadores y escaleras eléctricas caben tantas cosas, el pasilleo, las bellas vitrinas, la compra, las buenas obras, el arte, en fin, la vida misma que se construye y expresa a través de la palabra. 
        Somos en la medida en que somos dueños de la palabra.  La palabra nos reúne en el lenguaje de los seres humanos. Por la palabra nos diferenciamos de los animales, nos comunicamos y nos entendemos.
         La criatura nace al mundo con un primer instinto:  descubrir a la mujer que durante nueve meses públicamente infló su espera.  Refugiado en su pecho, el niño aprende su olor, identifica su voz y poquitos días después la nombra mamá.  La voz de la madre en esos tibios primeros meses es el vestido dulce de la palabra. 
            El niño que tiene el privilegio de crecer bajo la sombra del árbol de la palabra, que sus ramas trepa con acróbatas travesuras, que en su tronco escribe sus iniciales y la fecha, que con ese árbol y los amigos comparte la efervescencia de las curiosidades primeras, el niño que camina los ríos, las ciudades y la vía láctea con su árbol de palabras plantado en sus manos y mirada, se espiga y fortalece.  Con el tránsito de los días se reafirma ser humano de alma y armadura.
            Porque la palabra, meticulosa geografía de significados, es la meta del pensamiento, de los sentimientos, de la imaginación, la intención y la acción, de la confianza, la entrega, la caridad, en el marco de la patria de nuestro idioma amado.
             La palabra es un símbolo y la humanidad vive de símbolos.  Su peso es portentoso, determinado por el peso espiritual del anhelo. Columpio, familia, trompo, cuaderno y pupitre, eso y más ha de ser la palabra, en mar tranquilo y cielo claro.  La palabra significa conquista diaria.  La limpia camisa blanca bien planchada, la cayena florecida, el arroz con habichuela y el ramillete de mangos aromáticos. 
            Escribir es amar la palabra. Es hacerme del mundo desde otra perspectiva, a través de mis espejuelos de realidad, insatisfacciones y quimeras.  Es jugar ambos-a dos con la fantasía que invariablemente nos deslumbra, con su carga risueña y pizpireta, y felizmente nos conmina a elegir el optimismo como fórmula imbatible para desenrollar los días. 
            Alguien ha apuntado que la imaginación, leámoslo la fantasía, es más importante que el conocimiento.  El conocimiento es limitado, lógico, sobrio, comprobable.  La fantasía, en cambio, es inagotable, alucinante, ni de carne ni de hueso, sino de aliento multicolor. 
             ¡No hay vida sin fantasía!  Cómo no leer el mensaje escondido de la lluvia en los charcos de agua, cómo desconocer que Coralina, mi querida ballena, regresa cada febrero a Samaná por las ganas grandes de volver a degustar unos bollitos de yuca, seguidos de maduros nísperos, que la florecita rosada se lastimó un pétalo y el Dr. Helecho la curó con esmero, que Caracolita casó con Caballito de la Mar a las seis de la tarde en la Capilla del Arrecife.
            Comparto esta mañana, una vez más, lo que ya he dicho antes, que…. Cuando vi una batata de morena cáscara cantando bachata…  Cuando vi un aguacate llorar porque quería ser esbelto y de pequeña semilla…  Cuando el olor de las cebollas se transformó en perfume de sandía, cuando las piñas decidieron vestir su cabeza con extraño sombrero…  Cuando las mazorcas de maíz, en fila, se inscribieron en la escuela…  Cuando los huevos dejaron de ser frágiles y los limoncillos se declararon cuadrados…  Cuando las naranjas sabían a toronja, las toronjas a limón y los limones a naranja…  Sin sorprenderme hasta vi las berenjenas cambiar de nombre, vi volar a las auyamas y vi a las remolachas tornarse amarillas.
            Entonces entendí que el mundo es de verdad y de mentira, que es casi lo mismo al derecho que al revés, que lo que es ya fue y lo que será también.
            La palabra afirma y nos reafirma.  Dueña de todos los caminos, celosa de su destino innegociable, la palabra es libertad.  Mientras, la fantasía, que ignora nuestra condición de isla, nos regala el planeta entero y, según la ocasión, nos coloca alas o calza zapatos, nos viste de nubes o nos viste de  estrellas, tal vez, además, con  peces en el pelo.
            Muchas gracias por este día del 2014 que para siempre guardaré inscrito como inmensa sorpresa inolvidable.








LUCIA AMELIA CABRAL  A Lucia Amelia le hace feliz pregonar que es dominicana, que ama su país, que fue el de sus padres, tíos, abuelos, bisabuelos, y más allá en la fila de sus antepasados.  Es la patria además de su esposo, hijos, nietos y hermanos, de su cotidianidad, su trabajo y sus sueños.  Su encantamiento con la literatura para niños es responsable de su más vital entusiasmo.  Ha publicado hay cuentos que contar (1977), Gabino (1979), Sorprendido, el plátano  (1984), dos ediciones de El camino de Libertad (1999 y 2011), Carmelo (2002), Mi Abecedario (2011), Dime tú, que digo yo (2011) y Soy el rio (2011), además de sus cuentos andar sus propios caminos en ediciones colectivas.   

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