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Tempranito cada mañana, el sol luminoso
toca a mi puerta. Entra y conmigo se mete en la cama. -Contemos hasta 10, me dice y, antes de
concluir, ya se ha ido él.
A atender su trabajo, raudo el sol se va. Su
partida desconcierta mi pereza y en un instante me alzo sin rechistar. Así
sucede cada nueva alborada. La encendida
visita del sol me provoca levantarme presto como él. Es la suya una invitación fascinante. De este a oeste me permite descubrir tantos
motivos para sentirme feliz, como sucede este domingo encargado de despedir el
mes de agosto y de reunirnos a propósito de la literatura para niños y
jóvenes.
Saludo agradecida la iniciativa que dos bastiones
de la cultura en nuestro país, Verónica Sencion e Ylonka Nacidit-Perdomo, me
han deparado. Saludo agradecida a los
miembros de la mesa que presiden la apertura de este acto de palabras, fantasía
y amistad. Saludo con emoción a los
niños que leerán en esta jornada, a ellos y también a los demás niños que tal
vez precisamente hoy conocerán algún amiguito nuevo entre personajes y afanes
que viven comodísimos en las páginas de
los libros. Saludo al amable público que
testimonia que el recinto, el espacio y su volumen, lo hace uno. El centro comercial es una convocatoria interesante
y particular, en su estructura gigante de elevadores y escaleras eléctricas caben
tantas cosas, el pasilleo, las bellas vitrinas, la compra, las buenas obras, el
arte, en fin, la vida misma que se construye y expresa a través de la palabra.
Somos en la medida en que somos dueños de la palabra. La palabra nos reúne en el lenguaje de los
seres humanos. Por la palabra nos diferenciamos de los animales, nos
comunicamos y nos entendemos.
La criatura nace al mundo con un primer instinto: descubrir a la mujer que durante nueve meses
públicamente infló su espera. Refugiado
en su pecho, el niño aprende su olor, identifica su voz y poquitos días después
la nombra mamá. La voz de la madre en
esos tibios primeros meses es el vestido dulce de la palabra.
El niño que tiene el privilegio de crecer bajo la sombra del árbol de la
palabra, que sus ramas trepa con acróbatas travesuras, que en su tronco escribe
sus iniciales y la fecha, que con ese árbol y los amigos comparte la
efervescencia de las curiosidades primeras, el niño que camina los ríos, las
ciudades y la vía láctea con su árbol de palabras plantado en sus manos y
mirada, se espiga y fortalece. Con el tránsito
de los días se reafirma ser humano de alma y armadura.
Porque la palabra, meticulosa geografía
de significados, es la meta del pensamiento, de los sentimientos, de la
imaginación, la intención y la acción, de la confianza, la entrega, la caridad,
en el marco de la patria de nuestro idioma amado.
La palabra es un símbolo y la
humanidad vive de símbolos. Su peso es
portentoso, determinado por el peso espiritual del anhelo. Columpio, familia,
trompo, cuaderno y pupitre, eso y más ha de ser la palabra, en mar tranquilo y cielo
claro. La palabra significa conquista
diaria. La limpia camisa blanca bien
planchada, la cayena florecida, el arroz con habichuela y el ramillete de
mangos aromáticos.
Escribir es amar la palabra. Es
hacerme del mundo desde otra perspectiva, a través de mis espejuelos de realidad,
insatisfacciones y quimeras. Es jugar
ambos-a dos con la fantasía que invariablemente nos deslumbra, con su carga risueña
y pizpireta, y felizmente nos conmina a elegir el optimismo como fórmula imbatible
para desenrollar los días.
Alguien ha apuntado que la
imaginación, leámoslo la fantasía, es más importante que el conocimiento. El conocimiento es limitado, lógico, sobrio, comprobable. La fantasía, en cambio, es inagotable, alucinante,
ni de carne ni de hueso, sino de aliento multicolor.
¡No hay vida sin fantasía! Cómo no leer el mensaje escondido de la
lluvia en los charcos de agua, cómo desconocer que Coralina, mi querida
ballena, regresa cada febrero a Samaná por las ganas grandes de volver a
degustar unos bollitos de yuca, seguidos de maduros nísperos, que la florecita
rosada se lastimó un pétalo y el Dr. Helecho la curó con esmero, que Caracolita
casó con Caballito de la Mar a las seis de la tarde en la Capilla del Arrecife.
Comparto esta mañana, una vez más, lo
que ya he dicho antes, que…. Cuando vi una batata de morena cáscara cantando
bachata… Cuando vi un aguacate llorar
porque quería ser esbelto y de pequeña semilla…
Cuando el olor de las cebollas se transformó en perfume de sandía,
cuando las piñas decidieron vestir su cabeza con extraño sombrero… Cuando las mazorcas de maíz, en fila, se
inscribieron en la escuela… Cuando los
huevos dejaron de ser frágiles y los limoncillos se declararon cuadrados… Cuando las naranjas sabían a toronja, las
toronjas a limón y los limones a naranja…
Sin sorprenderme hasta vi las berenjenas cambiar de nombre, vi volar a
las auyamas y vi a las remolachas tornarse amarillas.
Entonces entendí que el mundo es de verdad y
de mentira, que es casi lo mismo al derecho que al revés, que lo que es ya fue
y lo que será también.
La palabra afirma y nos reafirma. Dueña de todos los caminos, celosa de su destino
innegociable, la palabra es libertad. Mientras,
la fantasía, que ignora nuestra condición de isla, nos regala el planeta entero
y, según la ocasión, nos coloca alas o calza zapatos, nos viste de nubes o nos
viste de estrellas, tal vez, además, con
peces en el pelo.
Muchas gracias por este día del
2014 que para siempre guardaré inscrito como inmensa sorpresa inolvidable.
LUCIA AMELIA CABRAL
A Lucia Amelia le hace feliz pregonar que es dominicana, que ama su
país, que fue el de sus padres, tíos, abuelos, bisabuelos, y más allá en la
fila de sus antepasados. Es la patria
además de su esposo, hijos, nietos y hermanos, de su cotidianidad, su trabajo y
sus sueños. Su encantamiento con la
literatura para niños es responsable de su más vital entusiasmo. Ha publicado hay cuentos que contar (1977), Gabino
(1979), Sorprendido, el plátano (1984), dos ediciones de El camino de Libertad (1999 y 2011), Carmelo (2002), Mi Abecedario
(2011), Dime tú, que digo yo (2011) y Soy
el rio (2011), además de sus cuentos andar sus propios caminos en ediciones
colectivas.