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lunes, 18 de octubre de 2021
martes, 16 de julio de 2019
Nuevo: ZUMECA, novela juvenil
En el libro Zumeca, se pueden descubrir los valores que caracterizan al Grupo SID, entre ellos la protección a la naturaleza y al ser humano como forma de procurar su bienestar. Así lo manifestó Ligia Bonetti, presidenta Ejecutiva de este grupo empresarial, mientras presentaba la obra en el marco de la 78 edición de la Feria de Libro en Madrid.
Santo Domingo.- “En Zumeca, descubrimos los valores que caracterizan nuestro grupo empresarial, tales como la protección a la naturaleza y al ser humano, procurando su bienestar. De igual forma, el crecimiento personal, la vocación de servicio y sobre todo la reafirmación de nuestros verdaderos orígenes, esencia misma de la identidad corporativa de Grupo SID”.
El libro fue presentado con la colaboración de la Embajada de la República Dominicana ante el Reino de España. El texto es de la autoría de Lucía Amelia Cabral y cuenta los orígenes de la República Dominicana. La autora recrea a Miguel, hombre europeo recién llegado y a Zumeca, la cacica del Ozama, la que, con extrema ternura y férrea voluntad, abre sus brazos al hombre recién llegado, indica una nota de la empresa.
“La historia cobra vida con las ilustraciones de Pascal Meccariello, quien asienta su arte en una amalgama de tonos de la tierra. La obra cuenta, además, con un glosario de pinceladas poéticas que invita a conocer la lengua de los taínos, por lo que se considera que Zumeca es un patrimonio invaluable de los dominicanos y de España”, indica el documento.
Santo Domingo.- “En Zumeca, descubrimos los valores que caracterizan nuestro grupo empresarial, tales como la protección a la naturaleza y al ser humano, procurando su bienestar. De igual forma, el crecimiento personal, la vocación de servicio y sobre todo la reafirmación de nuestros verdaderos orígenes, esencia misma de la identidad corporativa de Grupo SID”.
El libro fue presentado con la colaboración de la Embajada de la República Dominicana ante el Reino de España. El texto es de la autoría de Lucía Amelia Cabral y cuenta los orígenes de la República Dominicana. La autora recrea a Miguel, hombre europeo recién llegado y a Zumeca, la cacica del Ozama, la que, con extrema ternura y férrea voluntad, abre sus brazos al hombre recién llegado, indica una nota de la empresa.
“La historia cobra vida con las ilustraciones de Pascal Meccariello, quien asienta su arte en una amalgama de tonos de la tierra. La obra cuenta, además, con un glosario de pinceladas poéticas que invita a conocer la lengua de los taínos, por lo que se considera que Zumeca es un patrimonio invaluable de los dominicanos y de España”, indica el documento.
sábado, 5 de enero de 2019
Mi vida en un cuento
Texto: Lucía Amelia Cabral
Santo Domingo
Había una vez y dos son tres, temprano una mañana de febrero, nací lejos de mi país. En una ciudad de nombre bonito, con un ancho río a sus pies, en América del Sur, donde mis padres vivían momentáneamente.
Soy la segunda de una fila de hermanos. Los Cabral Arzeno sumamos tres hombres y cuatro mujeres. Hogar singular el nuestro, de padres sin vacaciones, de dos pares de hermanos mellizos, de primos por vecinos y donde lo mucho era sencillo, sin aspavientos, sin frívolas pretensiones. Siempre fueron mis hermanos, y siempre serán, uno de mis fundamentales privilegios, lección de cariño compacto y apoyo incondicional en la libertad de las diferencias.
Conté mi primer añito en Santo Domingo, mi capital querida, que para la fecha cargaba el peso de un apellido de abominable recordación. Aún no vivíamos en nuestra casa, aquella cerca del mar, residencia por más de medio siglo de nuestros días compartidos, nuestros afanes, penas y alegrías.
Con mi mamá descubrí desde pequeña que hay que levantarse temprano y que es dicha saberse parte de un clan. Ella me regaló el encanto de la cocina y la mesa y el empeño de armar de metas los días. Quisiera pensar que algo de su sentido de la unión, de su dedicación, de su laboriosidad y fuerza corre por mi torrente sanguíneo. Mi padre me enseñó el abc, a buscar palabras en el diccionario y países en el mapamundi, a leer el periódico en alta voz, a mirarme al espejo, a cobijarme bajo el recio árbol de la familia.
Tiempos distintos aquellos, remotos y cercanos. Entonces hablábamos del viaje a la luna, pero no de armas nucleares y mucho menos de robots y el mundo fascinante de las comunicaciones. Tal vez no existía la carestía del agua, el peligro de sequías e inundaciones, el calentamiento de los mares y la contaminación ni tampoco la identidad zarandeada por propios y ajenos.
¿Cuándo quedé para siempre conquistada por la literatura para niños? No recuerdo si fue un lunes o jueves, si la mañana olía a mango o fue en horas de conversación de los grillos con las estrellas. Lo cierto es que ocurrió hace ya mucho tiempo y es de las cosas que verdaderamente me apasionan.
Me encanta inventar historias, divertirme construyendo hasta lo descabellado. Para escribir necesito la energía del sol. No me gusta el frío, aunque sé que es precisamente en días entoldados que el cielo escoge derramarse en alimento. En mis textos no hay candela, no hay lobos, ni nieve, ni búfalos, ardillas y bellotas. Pero sí el deleite de contar, de armar libros, con letra escogida, colores, con mirada y pisada de dominicana.
La emoción de mi pensamiento y corazón es de salitre y sal, del mar y la rutina de espuma de sus olas. Del paisaje verde, del camino de helechos, de la vista poblada de palmas erguidas bajo el cielo azul. De gente amable y la esperanza que renace en cada niño que va a la escuela.
En fin, que amo la palabra tanto como la familia. Hoy mis hijos y nietos no caben en el reducido espacio de mis dos manos. Tampoco sus intereses distintos ni el trampolín de travesuras de los chiquitos. Ajetreos maravillosamente intensos que han contribuido a ampliar mi mundo, a ayudarme a escuchar y disfrutar de aprender. Junto a Fabio, agradecida sueño cada noche con el despertar del nuevo día.
DE CUANDO NACIÓ EL NIÑO JESÚS
Cuento de Lucía Amelia Cabral
Melchor se acercó primero. Despacio, tan pleno de un sentimiento dulce que le provocó tos repetida. Al lado del niño se arrodilló y sin más quedó en trance, inmóvil el cuerpo. Al niño presentó su cofre cargado de oro y, con igual ilusión, también un abriguito de lana y algodón, más un par de medias para protegerlo del resfrío.
Entonces se acercó Gaspar. En extremo conmovido, inclinó el cuerpo en reverencia. Sin prisa, alzó la cabeza mientras levantaba su presente de incienso, que acompañó además de olorosos mangos amarillos y un frasco de miel con llovizna de pétalos de filoria.
Momentos después, Baltasar, joven al fin, se atrevió a más. Del arca de espejos que traía consigo, sacó su regalo de mirra. Y con ternura, ante la mirada de todos, ungió de perfume y calor los pies del niño. No lo hizo en silencio. Con voz que parecía de agua, para él cantó las nanas preferidas de su infancia.
AMOR POR LA ESCRITURA
“Mi encantamiento con la literatura para niños no es un secreto. He publicado ‘Hay cuentos que contar‘ (1977), ‘Gabino’ (1979, 2004), ‘Soy el plátano’ (1984), ‘El camino de Libertad‘ (1999, 2011, 2015), ‘Carmelo’ (2002), ‘Mi abeceda-rio’ (2011, 2015), ‘Dime tú, que digo yo’ (2011, 2015), ‘Soy el río’ (2011, 2015), ‘Juan Bobo y Pedro Artimaña, una versión más del cuento folclórico’, (2015), de circulación restringida, ‘De cuando nació el Niño Dios’ (2015 ) ‘Cosquillas en el corazó ‘ (2016), y ya en imprenta Zumeca, novela para jóvenes. Mis cuentos andan su propio camino en ediciones colectivas, dice Lucía Amelia Cabral.
lunes, 11 de marzo de 2013
LUCIA AMELIA CABRAL: CORAZÓN MAROMERO Y TRAVIESO VERBO
Para enfocar la imaginativa cuentística de Lucia Amelia Cabral, hace falta tener un corazón maromero con sentimientos multicolores.
Digo tales cosas porque la interacción de sus humanos personajes con animales y objetos es tratada parecidamente. La imaginación da vida a la materia inanimada.
Una escobita, una piedra azul, un pan de agua, una ballena, una silla de guano, una sirena montuna… variados y distintos son igualmente, personajes salidos de sus cuentos. La gracia de la autora reside en la espontaneidad con que maneja cualquier fenómeno. Como si lo contara usando la ternura firme de una aromática canela.
Cuenta cosas como una convencida de su creencia y con tal envoltura atrae al lector prisionero inmediato de su contar. Es una naturalidad cargada de metáforas y poesías en sus mejores oraciones.
Para apreciar los valores artísticos de su producción leímos tres cuentos magníficos: Gabino, el caballo trotador que entre aventuras llego al asombro del mar, Carolina y La Sirena del Monte.
El mar es un espectáculo recurrente entre los descubrimientos y amores de varios otros personajes de Lucia Amelia Cabral; La Sirena del Monte, y el Juan en Carolina también son hechizados por la inmensidad de agua salada.
Deduzco yo que la fascinación del horizonte de marinos colores, la ondulación espumante del oleaje, son fuertes atractivos para lo propia escritora como si no escapara de su nación isleña bastando tres costados para soñar con sal, caracoles y arena.
En la adaptación del cuento Carolina, original de Ignacio Colom, Lucía Amelia Cabral describe a Juan el pescador diciendo que…
“Goza su oficio rodeado de mar. Día tras día, sus ojos navegaban el agua salada y profunda para en cada mirada regalarle al mar su alma amiga”.
La Sirena del Monte es un cuento original de Lucia Amelia. Es un relato exquisito y perfecto en su forma. No sobra una palabra porque todas se atan como engarces de una prosa sugerentemente poética.
“Feliz él, se acercó amistoso y con su música de olas rompió la espera. Arremolinando a los pies distintos de ella, tantas respuestas de espuma blanca”.
Un cuento que posee el misterio de la acción junto al misterio del lenguaje. Vemos como nos da pautas: “a los pies distintos de ella”, sin revelar el final. Intriga, obliga a esperar cuatro oraciones más antes de develar la presencia de una ciguapa que ya no será más sirena del monte. Bellísimo cierre del cuento.
Un curioso artificio creativo “El Bellaco Juan” es todo un personaje, no es marinero ni un mito, es un tostado pan de agua.
De sus últimos cuentos citamos:
A. Monte él, a ella pertenecía (La Sirena del Monte)
B. …Y su larga melena que la vestía (La Sirena del Monte)
C. En eso un celaje azul plomo le puso maromero el corazón, sentir muy fuerte la magia del amor (Coralina).
D. Ella que su sed calmaba.
E. Únicamente si sabes de ti mismo apreciar, podrás el aprecio de los demás, recibir. (El Bellaco de Juan).
F. Eran unas muñequitas encantadoras, el encanto de su encanto algo de mágico tenía (Leandra y Andrea).
El estilo en el quehacer literario, es tal vez la cualidad estética más importante del oficio. Cualquier relato vulgar (en su buen sentido), puede tornarse en escritura artística con la aplicación de un lenguaje cargado de originalidad y buen gusto.
La repetición puede caer en el vicio de la cacofonía. Sin embargo, Lucia Amelia hace buen uso de ella, utilizando con gracia la anáfora, esa repetición de una o varias palabras al comienzo de una serie de oraciones, buscando un ritmo algo clásico. Ejemplo: De La Lección de la Silla de Guano al Presumido Burrito:
A. “No eres menos. No soy más. Ni más ni menos, igual necesitamos cuatro patas para estar en pie. Ambos igual nos visten de guano. Ambos igual. Igual se acomodan en nosotros”.
B. “Trota, trota, trotador que cabalgando caminos conocerás lo mejor. (Gabino, el andarín potrico).
Otro recurso que enriquece la prosa de Lucia Amelia es su fantasía al mezclar lo concreto con lo abstracto en muchos momentos de su escritura y pongo los ejemplos a la mano:
a. “¡Como confundir sus diez y ocho metros de verdad y desvelos!
(De Coralina, refiriéndose a la ballena madre).
C. Al compás del convite de las aves de la foresta que sembraban de trinos y vuelos cada espacio de su mundo magnifico.
D. “Entonces lo oyó. Entonces lo olió. Entonces con aire entrecortado. Comprendió que había llegado. Él clavó sus ojos sorprendidos. Ante él detuvo sus prisas y temores”.
(Es la impersonificación de la ciguapa frente al asombro del mar).
Su producción está avalada por una creatividad nata y el mensaje del lenguaje con gracia personalidad. La obra de Lucia Amelia no es muy extensa pues su dedicación al trabajo de impresión y diseño, colman diariamente su tiempo laborable disponible. Trabajo, que dicho sea de paso, solo ella con su singularidad agrega a cada encargo gracia y distinción, asegurándose que no habrá en el mercado de impresos nada que lo iguale. A nuestro pesar, la literatura infantil y juvenil, la literatura en general, pierde esa creatividad que nos roba la editora.
Para resumir las cualidades de Lucia Amelia Cabral bastaría oírla leer un texto con las modulaciones de su voz articulada, con melodiosidad y encanto porque en esas cualidades residen al unísono la calidad de su escritura. En ambas actividades sobresale la femineidad evidente y auténtica volcada hacia la juventud y la niñez.
Una cosa retrata la otra para que ambas se fundan en la Lucía Amelia que apreciamos y admiramos en esta ocasión.
Aida Bonnelly de Díaz
La Romana
Sábado 26 de octubre de 1996.
Digo tales cosas porque la interacción de sus humanos personajes con animales y objetos es tratada parecidamente. La imaginación da vida a la materia inanimada.
Una escobita, una piedra azul, un pan de agua, una ballena, una silla de guano, una sirena montuna… variados y distintos son igualmente, personajes salidos de sus cuentos. La gracia de la autora reside en la espontaneidad con que maneja cualquier fenómeno. Como si lo contara usando la ternura firme de una aromática canela.
Cuenta cosas como una convencida de su creencia y con tal envoltura atrae al lector prisionero inmediato de su contar. Es una naturalidad cargada de metáforas y poesías en sus mejores oraciones.
Para apreciar los valores artísticos de su producción leímos tres cuentos magníficos: Gabino, el caballo trotador que entre aventuras llego al asombro del mar, Carolina y La Sirena del Monte.
El mar es un espectáculo recurrente entre los descubrimientos y amores de varios otros personajes de Lucia Amelia Cabral; La Sirena del Monte, y el Juan en Carolina también son hechizados por la inmensidad de agua salada.
Deduzco yo que la fascinación del horizonte de marinos colores, la ondulación espumante del oleaje, son fuertes atractivos para lo propia escritora como si no escapara de su nación isleña bastando tres costados para soñar con sal, caracoles y arena.
En la adaptación del cuento Carolina, original de Ignacio Colom, Lucía Amelia Cabral describe a Juan el pescador diciendo que…
“Goza su oficio rodeado de mar. Día tras día, sus ojos navegaban el agua salada y profunda para en cada mirada regalarle al mar su alma amiga”.
La Sirena del Monte es un cuento original de Lucia Amelia. Es un relato exquisito y perfecto en su forma. No sobra una palabra porque todas se atan como engarces de una prosa sugerentemente poética.
“Feliz él, se acercó amistoso y con su música de olas rompió la espera. Arremolinando a los pies distintos de ella, tantas respuestas de espuma blanca”.
Un cuento que posee el misterio de la acción junto al misterio del lenguaje. Vemos como nos da pautas: “a los pies distintos de ella”, sin revelar el final. Intriga, obliga a esperar cuatro oraciones más antes de develar la presencia de una ciguapa que ya no será más sirena del monte. Bellísimo cierre del cuento.
Un curioso artificio creativo “El Bellaco Juan” es todo un personaje, no es marinero ni un mito, es un tostado pan de agua.
De sus últimos cuentos citamos:
A. Monte él, a ella pertenecía (La Sirena del Monte)
B. …Y su larga melena que la vestía (La Sirena del Monte)
C. En eso un celaje azul plomo le puso maromero el corazón, sentir muy fuerte la magia del amor (Coralina).
D. Ella que su sed calmaba.
E. Únicamente si sabes de ti mismo apreciar, podrás el aprecio de los demás, recibir. (El Bellaco de Juan).
F. Eran unas muñequitas encantadoras, el encanto de su encanto algo de mágico tenía (Leandra y Andrea).
El estilo en el quehacer literario, es tal vez la cualidad estética más importante del oficio. Cualquier relato vulgar (en su buen sentido), puede tornarse en escritura artística con la aplicación de un lenguaje cargado de originalidad y buen gusto.
La repetición puede caer en el vicio de la cacofonía. Sin embargo, Lucia Amelia hace buen uso de ella, utilizando con gracia la anáfora, esa repetición de una o varias palabras al comienzo de una serie de oraciones, buscando un ritmo algo clásico. Ejemplo: De La Lección de la Silla de Guano al Presumido Burrito:
A. “No eres menos. No soy más. Ni más ni menos, igual necesitamos cuatro patas para estar en pie. Ambos igual nos visten de guano. Ambos igual. Igual se acomodan en nosotros”.
B. “Trota, trota, trotador que cabalgando caminos conocerás lo mejor. (Gabino, el andarín potrico).
Otro recurso que enriquece la prosa de Lucia Amelia es su fantasía al mezclar lo concreto con lo abstracto en muchos momentos de su escritura y pongo los ejemplos a la mano:
a. “¡Como confundir sus diez y ocho metros de verdad y desvelos!
(De Coralina, refiriéndose a la ballena madre).
C. Al compás del convite de las aves de la foresta que sembraban de trinos y vuelos cada espacio de su mundo magnifico.
D. “Entonces lo oyó. Entonces lo olió. Entonces con aire entrecortado. Comprendió que había llegado. Él clavó sus ojos sorprendidos. Ante él detuvo sus prisas y temores”.
(Es la impersonificación de la ciguapa frente al asombro del mar).
Su producción está avalada por una creatividad nata y el mensaje del lenguaje con gracia personalidad. La obra de Lucia Amelia no es muy extensa pues su dedicación al trabajo de impresión y diseño, colman diariamente su tiempo laborable disponible. Trabajo, que dicho sea de paso, solo ella con su singularidad agrega a cada encargo gracia y distinción, asegurándose que no habrá en el mercado de impresos nada que lo iguale. A nuestro pesar, la literatura infantil y juvenil, la literatura en general, pierde esa creatividad que nos roba la editora.
Para resumir las cualidades de Lucia Amelia Cabral bastaría oírla leer un texto con las modulaciones de su voz articulada, con melodiosidad y encanto porque en esas cualidades residen al unísono la calidad de su escritura. En ambas actividades sobresale la femineidad evidente y auténtica volcada hacia la juventud y la niñez.
Una cosa retrata la otra para que ambas se fundan en la Lucía Amelia que apreciamos y admiramos en esta ocasión.
Aida Bonnelly de Díaz
La Romana
Sábado 26 de octubre de 1996.
sábado, 14 de mayo de 2011
Carmelo
Carmelo
Por Lucía Amelia Cabral
Era un pez, era bombero y se llamaba Carmelo.
Un apagafuegos de burbuja inteligente, consagrado y risueño.
Había que verlo en su uniforme de capote amarillo.
Cómo se le notaba, de izquierda a derecha, lo mucho
que amaba su trabajo.
Su empleo, sin embargo, no era la única emoción de su vida.
Carmelo era también músico. Tocaba la trompeta, esa trompeta tan especial que húmeda de nostalgias descansó por años en lo hondo del desinterés de los demás.
Fue un rosado día de diciembre cuando Carmelo la encontró sobre un banco de coral.
La vio y en el acto quedó deslumbrado.
Fue cuando, sin aspavientos de proclamación, él la tomó para sí.
Y fue también cuando ella súbitamente comprendió que, a partir de ese momento, su soledad de olas había terminado.
Desde aquel primer instante, la amistad de Carmelo y la trompeta fue un encuentro de magia y sal. Carmelo descubrió a través de su amiga cómo nace la música. Su soplo recio transformaba la tubular figura de cobre de la trompeta en un vibrante sonido, puro y brillante. Mientras, impresionada ella aprendía cuán distinto es vivir en compañía para resplandecer en las aguas de un cariño verdadero.
Así sucedía cada vez que sonaba el pito que estremecía. Cada vez que se incendiaba una discordia, cada vez que trepidaba de furia la ira, cada vez que las llamas de la incomprensión quemaban las palabras y cada vez que las miradas de fuego hacían ceniza la tolerancia.
Y se escuchó cuando el desconsuelo de Carmelo se hizo música de trompeta. La melodía triste conmovió una a una las gotas del mar, se trepó en el lomo de los delfines, golpeó los arrecifes, se adentró en las cavernas oscuras, paseándose lastimosa por la vasta profundidad hasta adueñarse de todo el universo marino.
Entonces ocurrió de improviso. La música buscó respiro en las algas y, reposando allí su melodía, entre ellas se refugió. Un largo rato después, el descanso enarboló nuevamente la música de Carmelo, esta vez verde y gozosa.
Sorprendidas, las algas se vieron estrenar un baile distinto, mientras una emoción muy fuerte sacudía hasta la inmensa plataforma se arena clara. Una luz generosa irradiaba su fulgor a los arbolitos de caballitos y estrellas de la mar, adornados con guirnaldas de caracoles. Flotó la armonía. El amor inundó los corazones. Se sintió la paz y la alegría de la esperanza renació.
Justo en fecha 25 de ese mes, la Navidad había amanecido en el espacio íntimo del océano donde desde un principio, se habían unido en el entendimiento el pez Carmelo y su amiga la trompeta.
Publicado en Tin Marín, Bloque de letras. 12 de diciembre de 1998
La cocina mágica de Lucía Amelia
| Lucía Amelia Cabral de Herrera |
Este miércoles fue el Día de Lucía Amelia en la Feria del Libro. Debió ser mágico, como mágica es su cocina llena de olorosos hervores, habitada por sabrosos ingredientes animados que dialogan alegres entre sí. Ufanos en su noble tarea alimentaria. Orgullosos de pertenecer a una selecta estirpe de laboriosos servidores comunitarios. Imagino que un desfile de hermosas zanahorias alineadas dio paso a la delegación de robustas berenjenas, bien llenas y moradas, seguidas por jugosos tomates, gordos y coloraos. La división de los ajíes seguro se hizo presente en esta fiesta de la abundancia agradecida, recién llegada de los invernaderos de montaña: unos vestidos de amarillo, otros de verde, los más enrojecidos, otros anaranjados, algún que otro variopinto, en camuflaje de combate. Morrones blindados, misiles cubanela, dinamita picante y Caribe.
Cebollones blancos y sedosos, cebollines morados lacrimosos, cebollas amarillentas empalidecidas, rodaban tumultuosas, cuesta abajo como dice el tango. Un equipo de zapadores, formado por mordientes dientes de ajo, mordía flanco izquierdo, mordía flanco derecho, abriendo camino. Al fondo, como quien no quiere la cosa, desfilaba el rey Plátano realmente aplatanado, junto a una pintoresca legión de tambaleantes huevos pasados por agua, algunos revueltos encebollados, varios encapirotados, otros jugosamente escabechados, la mayoría fritos como soles bañándose en la luna. Verdes góndolas aguacatosas y aceitosas se pavoneaban coquetas en calidad de damas de compañía, rodeadas de redondas rodajas de rojo salami, confabuladas con dorados rectángulos de queso, casi derretidos.
Fue una fiesta buena y merecida la que le armaron sus amigos (entre ellos la piña y la papa, el mango, la fresa y el limón) a esta Lucía Amelia genial que hace tiempo hace literatura para chicos y grandes, salida de su olla maravillosa y encantada. Como salen de allí los más deliciosos platillos, frapés de frutas con especias, bocadillos dulces y salados, servidos con toque personal. Sencillos e ingeniosos, para deleite de todos, en el hogar amable y generoso que comparte con Fabio y María Cayena. Qué mejor idea para sumarnos al jolgorio que convidar a los amigos de la maga a mostrar sus detalles, a desplegar sus nutritivos talentos, ellos tan empeñados en alimentar los placeres del paladar.
Dime tú, que digo yo.
Qué divertido es jugar
al dime tú que digo yo.
A ver, empiezo yo, sigues tú.
-Caimito, quiero ser caimito para ti, mi niño bonito.
-Me gusta la piña, mejor piña serás y abrazos amarillos me darás.
-¿Y si me vuelvo redondo limón con olor de mañanita de ilusión?
-La naranja me encanta más. Jugo dulce te voy a brindar.
-Cereza, sandía o mamón puedo ser, con sabor a paisaje y gotas de miel.
-No, no, melón, quiero que seas melón y siempre me guardes en tu corazón./
¡Otra vez, me ganaste tú!
¡Qué divertido fue jugar
al dime tú que digo yo,
dijiste tú, dije yo!
Secreta aspiración del Sol
El sol un día, al despertar en su cama del mar, a la luna que se despedía le comentó:
-Quiero nuevas experiencias en mi vida. He decidido aspirar a ser chef del universo.
¿Cómo?, empinadas las cejas la luna le demandó. ¿Qué sabes tú de lo que les gusta a las estrellas? ¿Qué desayunan, almuerzan y cenan los planetas? ¿Qué comen los cometas? De no saber ni siquiera sabes cuál es mi dulce preferido, que ciertas noches me hace resplandecer luminosamente llena.
-No me parece que sea la cocina halo de tu competencia, Sol. Me permito aconsejarte, amigo de la mañana, la luna insistió.
A estas alturas ni pensar abandonar tu oficio. Dale renovado brillo a tu vieja responsabilidad. Inventa nuevas tareas de luz, reparte mejor el calor. Así verás como en todo el planeta se intensificará el amarillo optimismo. Y tú, Sol, dormirás redondo, absolutamente feliz sin siquiera acordarte que querías delante de un fogón vivir.
El gajito de mandarina y el mar
Un gajito de mandarina se desvistió de su traje naranja con olor a alegría. Ligero de ropa se fue a pasear a la orilla misma del mar.
Se mojó de agua y sal. Corrió con los caracoles en la arena. Entabló conversación con tres cangrejos y, después de mucho gozar, se tumbó al sol sin reloj, sin gorra, sin lentes oscuros.
De repente, la brisa de arriba abajo sacudió su pequeño cuerpo de gajo. Y, sin perder un instante, a las olas él súbitamente preguntó:
-¿Cómo hago para evitar que por andar sin permiso mi mamá me vaya a regañar?
Sopló el viento y la respuesta del mar no la pude yo escuchar.
La montaña oscura
Esa mañana serían las diez cuando de aquí para allá y de allá para acá vi una hormiga negra acompañada de una fila de compañeras, recorriendo como propios los rincones de la cocina ajena.
Ante ellas de improviso una montaña oscura. No tan grande la montaña tampoco tan pequeña, pero en fin se detuvo el paseo.
-A probar, dijo una.
-Prudencia, prudencia, apuntó la hormiga negra.
-¿Será dulce la montaña o acaso salada?, perplejas se preguntaron.
Con cautela extrema la líder del grupo dio un paso al frente y sin mediar pulgada se acercó. Levantó el pecho y a todo pulmón olió despacio. A seguidas tocó y, sin poder evitarlo, quedó prendada de la textura pegajosa. Fue cuando, casi con gula de banquete, se decidió a degustar la insospechada montaña./
-¡Oh!, exclamó, con boca llena, la hormiga negra. -Sabroso, qué sabroso. Sabe a coco, sabe a melao.
-Pienso, compañeras, que es... ¡un jalao!
La queja de mangú
Un día Mangú amaneció insatisfecho y gruñón.
-¡Nunca llego a mi destino por cuenta únicamente mía! ¡Qué barbaridad es tener siempre que reclutar a otros, en una absurda cita colectiva! Renuncio a trabajar para los demás.
El contrariado Mangú hacía su majado discurso ante una sartén de ruedas de cebollas que, sin darse por aludidas, en todo momento mantuvieron un fuerte silencio de olor penetrante.
Sin tregua en busca de público para su queja, de inmediato Mangú fijó su argumento en un hermoso queso, al tris de ser dividido en lascas para freír. El queso, de serena naturaleza, dejó en blanco toda posibilidad de discusión.
Muy malhumorado, Mangú a seguidas apeló al salami y también a la longaniza, quienes quedaron desconcertados. Ellos nunca antes habían sospechado su triste inclinación a la soledad.
Entonces el aguacate amigo perplejo miró a Mangú y, como si le examinara, le preguntó:
-¿Has perdido, Mangú, tu sano juicio? ¡La vida es para compartirla!, con parca verde firmeza el aguacate sentenció.
Fue cuando de un mediano canasto de huevos se oyó un coro ovalado de varias voces que agregó:
-Querido compañero Mangú, para los huevos fritos, revueltos y hervidos es un deleite ser parte de tu éxito. No te ofusques. Tú eres tú pero entre todos somos sabrosamente más y mejores. Unidos transformamos el menú de la familia en un evento gastronómico. Sin nosotros, no serías lo mismo, Mangú. ¡De alejarnos, a muchísimos dejaríamos de hacer felices!
Ante afirmación tan en punto, él sintió que se sofocaba y que su arsenal de fuerzas perdía. Yo le calmé con un chorrito de aceite de oliva, que sazonó de contento su alma.
A partir de ese instante, como si fuera agua caliente, la queja de Mangú se evaporó para siempre".
Agujeros de bostezo
Bostezo, bostezo, -¿Quién es el rey del bostezo?
Sin bostezar te contesto: -¡El queso!
-¿Qué queso?
-El que de bostezar y bostezar viste de agujeros su amarillo sueño.
-¿Agujeros? ¿Y para qué sirve un agujero?
-Para que te asomes tú, en busca de alguna historia olorosa. O para que se asome otro amiguito curioso, antes de la hora del sueño, a contar bostezos, bostezos.
Dulce encanto
Que se sepa no tiene abuela inglesa, tampoco francesa ni parientes del Canadá o bostonianos. Sin embargo, ella con encanto de otros tiempos, aunque de diseño atrevido y muy actual, ama los sombreros como antes nadie más.
Asunto de hermosura, de coquetería natural. Con ella se aprende a lucir original y a las demás, en temas de moda, pautar. ¡Chic! ¡Joven! ¡Vibrante! ¡Fascinante su glamour especial! Pero que la admiren mucho, no la hace banal.
Su más afamado sombrero ha paseado el planeta entero. Es una verdadera obra de arte e imaginación. De ordenados y largos penachos verdes, con qué garbo lo lleva en la cabeza.
Privilegiada ella, es lo que se dice una ciudadana del mundo. Siempre tan galana exhibe el orgullo de pertenecer a nuestra tierra americana. Habla español, domina perfecto el portugués. Versada en botánica y agricultura, juega ajedrez y baila merengue con la cintura y los pies.En Europa es muy apreciada y en Norteamérica también. ¡Qué dulce! ¡Qué bella! Su corazón de niña palpita amarillo. Ama el sol, el campo y la gente sencilla y su sonrisa abierta regala alegría.
Una tarde próxima, con ilusión puntual, en clases de tocados y cultura en general, con ella seguro me voy a inscribir. Quiero tanto mi imagen mejorar.
¡La piña es toda una personalidad! Sé que me podrá enseñar a vivir bonita, con gracia y espontaneidad.
Coralina y la buena mesa
Coralina nada ama más que regresar cada comienzo de año a las aguas tibias de Samaná.
Durante meses ella sueña con piñas y nísperos para desayunar. De almuerzo, guandules con coco y arroz, bollitos de yuca y pastelón y, de postre, cajuiles hechos ricura al sol. A la hora de cena, su preferencia, mangú con cebollín entre sorbitos de ron sin hielo, ni mucho ni chin. ¡Ah, los refinados gustos de mi ballena querida!
Coralina siempre regresa al cariño por la mágica memoria del paladar.
http://www.diariolibre.com/noticias_det.php?id=290422
viernes, 13 de mayo de 2011
Una calle en la Feria Internacional del Libro para
LUCÍA AMELIA CABRAL
![]() |
| Lucía Amelia Cabral, escritora de Literatura Infantil y Juvenil, posa junto al letrero que da nombre a su calle en la XIV Feria Internacional del Libro |
Ayer, 11 de mayo del 2011, las autoridades de la Feria Internacional del Libro inauguraron una calle con el nombre de Lucía Amelia Cabral y como sé que muchos de nosotros necesitaremos estos datos, me apresuro a colgarlos aquí.
Lucía Amelia Cabral es egresada de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña, Summa Cum Laude, de la Facultad de Ciencias Jurídicas, Escuela de Servicios Internacionales.
Sus cuentos, fueron adaptados para teatro y ballet y han sido narrados por la radio en España, Cuba y Argentina. También han sido llevados a la televisión en Suecia y Alemania.
Entre sus libros sumamos:
Hay cuentos que contar
Gabino
Sorprendido el plátano
El camino de Libertad
Mi abecedario
Soy el río
Dime tú, qué digo yo
Carmelo, el bombero (Colección Dienteleche. Ediciones Ferilibro)
En colectivo: Poemas con son y sol. Poesía de América Latina para niños donde aparecen algunas de sus tiernas poesías.
Otro título suyo es : "La sirena del monte", publicado en la obra editada por Banreservas antes citada: Huellas de la leyenda, donde aparece como fundadora y propulsora del Círculo Dominicano de Escritores para Niños y Jóvenes, junto a Aída Bonnelly, Eleanor Grimaldi, Margarita Luciano, Brunilda Contreras, Rafael Peralta Romero, Nelly García de Pión, Leibi Ng, Marianne de Tolentino y Aidita Selman.
Lucía Amelia Cabral obtuvo el premio principal en el Primer Concurso Nacional de Literatura Infantil auspiciado por el Banco Central.
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